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Del Conocimiento

Cuando Dios creó al mundo, correspondió a Adán nombrar las cosas que le rodeaban; entonces todo, con excepción de un árbol, era catalogado al mismo nivel, indistintamente de su función y forma en la naturaleza.
Muchos siglos después, Aristóteles, agobiado de las uniformidades, comenzó a segregar lo tangible y dotarlo de valores contrapuestos.

Así, estaban lo bueno y lo malo, pero el primero era mejor que el segundo.

Existían los hombres libres, y el resto: apenas un escalón arriba de las bestias.

El mundo era unidad, arché. No hay ciencia sin correspondencias ni causas sin principios. No hay dobles verdades, no hay espejismos, no hay hombres ni dioses; como mucho, solo animales.

Griego embustero y taimado, dicrómico, aburrido, estafador.

La primera vez que te vi conocí el Atlántico, encorsetado, costero, verde turmalina, multicolor. Entonces contuve mi verbo, que es lo mismo decir, enlacé las palabras inconvenientes, y así pudimos construir las mazmorras de arena que pueblan nuestro recuerdo interior.

Mariposas. Temblores. Tropezones. Chicles en la boca. Decir sí por no, cambiar ausencias por presencias. Tiempo.

Te me antojaste húngara con tu cuerpo sinuoso, guitarra española, arpa francesa, cítara griega.

Tum-Tum
Tum-Tum

- ¡Hola!, ¿cómo estás?

Tu-Tum, Tu-Tum
Tu-Tum, Tu-Tum

Cómplices del sueño, alimentamos al monstruo con el dulce objeto del aquí no pasa nada. Cuando fue demasiado grande procuramos ocultarlo en el yermo de neblinas, y ahora que habla gritamos todo el tiempo.

“Grito cultura, y fuegos y espadas. Grito ansias. Te grito los buenos días, y también lo que hace la vecina.”

Me tomaste de la mano y me enseñaste tu casa de cristal -tu casa o tu cárcel-, para agotar toda esperanza en aquellos juegos de calladas sugerencias, vaporosas insinuaciones y promesas inciertas.

Dije adiós, y me fui. Pero ya no importaba, pues apenas tomara mi saco del perchero, sería el sombrero quien quedaría deliberadamente olvidado en algún sitio de la casa. Y así terminaría regresando, con una simpática excusa para volverte a ver.

Por eso opino que Aristóteles estaba en verdad equivocado. Las categorías nos ayudan a tener una concepción ordenada de la realidad, pero, antes que multiplicar posibilidades, las divide, y salve Dios al hombre capaz de crear infiernos grandes en mundos chicos.

Despedida

El problema no fue que llegara alguien nuevo a su vida. No, para nada. Siempre estuve para acompañarla, superar sus pérdidas, y rellenar esos huecos que dejaban la vida en soltería. El problema fue cuando, finalmente, encontró a la persona perfecta, y esa persona resultó que no era yo. ¿Qué lugar tendría en una novela sin conflictos?

Es curioso el arte. Abarca todos los conceptos materiales y espirituales de la vida, pero no su longitud, y aquí es donde se esconde el fraude. Supe que mi altruismo me haría más grande, pero al pasar solo dejó vestigios de polvo y arena. El tiempo es el gran banalizador de las acciones humanas.

Apagué la tele. Me quedé mirando el velador y pensando en sus ojos marinos. Ojos griegos. Luz, mar. Ostras. Una vez la abracé y creí fundirme con ella.

Busqué refugio en la religión. Aprendí que sufro porque soy demasiado humano, y que debía meditar para extirpar de mí ese órgano que hace desear a la gente. Pero no quería un celular si no podía llamarla, ni podía amarla sin desearla, así que me fui, excomulgado, porque además me negué amar al prójimo que me la había quitado.

Divago, como peregrino. Busco los sentidos debajo de las rocas, cuando sé que el viento los trae. Me obstino en teorías fantásticas que alegremente cambiaría por uno de sus besos:

- Hola, sí, ¿cuánto cuesta el silbato para fabricar nubes en forma de margaritas?
– Tres ósculos y un abrazo. Están en oferta, flaquita.
– Dame dos.

Entiendo, no entiendo. Entiendo que las cosas pasan por algo. Todo es como una gran máquina de Goldberg, hacés rodar una bolita en un cantero y desplaza otros mecanismos que a su vez mueven otras bolitas y zas, te perdí. Mi bolsita de oportunidades tenía muchos agujeros entonces, y ya no me quedan bolitas. Game over.

Haciendo pompas de jabón aprendí lo que era amar. Esto es, deslizarse. Si soplás demasiado, la burbuja se infla como una mandarina, pero no tarda en deshacerse en miles de gotitas transparentes; si soplás poquito, la pompa no se forma, y seguí participando.

Cruzando el camino me adueñé de las analogías, las nostalgias y los tragos amargos. Señor de las noches y emperador de tus ojos por derecho; fui el primero en entrar, y seré el último en salir. Me importa un rábano el Minotauro, y a estas alturas tu propia opinión me tiene sin cuidado. No estás, y tu ser no es más que una extensión de mis propios pensamientos.

Pero no puedo engañar a nadie diciendo que lo mejor estaba en otro lado. Ni engañarte a ti diciendo que no te amé.

- ¿Vos estás loco? ¡Pusiste todo el polvo debajo de la alfombra!
– Es que el mundo todavía tenía hambre de sueños rotos.

Y así te digo adiós, desamor, pues nunca llegarás a ser más que un poema guardado en un escritorio antiguo. La oda a un ánfora griega. Los muertos que arrastramos. Mi desesperanza.

Correrías en Linux

PenguinUn mes atrás tuve la osadía de instalar GNU/Linux en una partición alternativa de mi disco duro. Mis experiencias con este sistema operativo se remontan a finales de los ’90, cuando el kernel rondaría por la versión 2.2; entonces, RedHat era la distribución preferida, y me decanté por ella debido al entonces novedoso sistema de empaquetación de software.

Se podría decir que GNU/Linux nace en 1992 con el surgimiento de las primeras distribuciones del SO. El primer hecho que me llamó poderosamente la atención fue que se trataba del primer sistema operativo libre, y el segundo, que había nacido en internet bajo una jerarquía de desarrollo horizontal. Para entonces, Windows estaba en su versión 3.1 y aún se seguía usando MS. DOS para llamar al programa de las ventanitas.

En 1994 el proyecto XFree86 liberaba una interfaz gráfica de usuario (GUI) que permitía controlar el sistema de una manera más visual; justo un año después aparecía Windows 95 que coparía un gran pedazo del mercado emergente de las computadoras personales. Aquí resumido, vemos el primer hecho crucial que haría que hoy en día el SO más popular entre los usuarios sea Windows y no Linux; a pesar del desarrollo extraordinario de éste último, hay que tener muy presente que detrás de este proyecto no había empresarios, sino programadores, y muy probablemente la difusión se limitó al boca en boca e internet, no usado masivamente en ese entonces.

Ahora bien, ¿por qué usar MS. DOS cuando bash era superior? Tal es el caso, que la lista de comandos del primero es extremadamente pequeña comparada con el segundo. Esto tiene que ver con el objeto de un SO, es decir, para quién está dirigido y con qué propósito va a utilizarlo. En ese entonces, sólo se podían hacer muy pocas cosas con una PC, siendo la favorita de todas el esparcimiento. ¿Para qué necesitaba el usuario común leer un manual completo para utilizar su SO? La analogía era la necesidad de colgar un clavo en la pared, disponiendo para ello de un simple martillo y una herramienta muy sofisticada; como lo que importaba era el hecho y no el modo, la mayoría se terminaba decantando por el martillo.

En mi caso personal, terminé abandonando GNU/Linux. No por la fantástica filosofía que lo respalda, ni quizás por su entonces dificultad de uso, sino porque me era totalmente prescindible para el uso que le daba a mi PC. Eso es. Me quemaba las pestañas tratando de hacer funcionar algo que en su archirrival apenas me costaba un par de comandos. No era un programador, por lo que tampoco hacía uso de sus compiladores naturales. En una reciente entrevista que le hicieron a Linus (creador del kernel de GNU/Linux) él afirmaba muy sabiamente que la mayoría de la gente usa sus computadoras para dos cosas: jugar y navegar por internet; desconozco si esta máxima ya la conocía en los ’90, pero si le hubiera aprestado atención en ese entonces, distinta sería la historia ahora.

Retomando, volví a instalar GNU/Linux para enterarme más profundamente de cómo había seguido la historia. Opté por la distribución Mint, la cual parecía ser la más recomendada por los usuarios nóveles como me siento yo. Mi sorpresa fue enorme por el alto grado de automatización del sistema; prácticamente todo el hardware fue reconocido, y la bienvenida era user-friendly, es decir, evitando por completo al intérprete de comandos. Para alguien que sólo quiera navegar, o escribir textos en una suite ofimática, no me quedaba duda que, aunque algo tarde, todo esto bastaba.

Sin embargo, con el uso, me fui dando cuenta del arrastre de la filosofía de la libertad en GNU/Linux. Este es el caso, por ejemplo, de los sistemas de gestión de paquetes; actualmente, si usted desea instalar un programa ajeno a los repositorios, debe tener en cuenta que los programas empaquetados corresponden a la distribución que usted usa: rpm para RedHat, deb para Debian, tgz para Slackware, Pacman para ArchLinux y otros más, esto implica aprender comandos diferentes para cada uno, lo que dificulta la tarea de aprendizaje del SO, quizás muy inútilmente. Algo parecido ocurre con los archivos de ayuda: comando man, info o help; la información está desperdigada y no necesariamente completa en cada uno, lo que demanda tiempo de lectura y búsqueda innecesarios. Dicho de otro modo, y siendo GNU/Linux un proyecto ya decididamente maduro, lo que hace falta es la creación de estándares para coordinar los esfuerzos y presentar un producto más compacto, limpio y regular.

Lo siguiente con lo que me sentí algo incómodo fue con el gestor de ventanas. Destaco la belleza de fondos, colores, imágenes y novedades que traen, pero aún siento como si el puntero del mouse llevara atadas cadenas con pesadas bolas de hierro en su parte inferior. La falta de fluidez me recuerda al uso de Windows 3.11. Al volver a Windows 7 después de un uso intensivo de GNU/Linux, da la impresión de haberse quitado uno un apretado corsé. A estas alturas, yo esperaba un desarrollo más amplio respecto a este punto.

Para terminar, me gustaría que los linuxeros se pongan una mano en el corazón y admitan que no es tan cierto eso de que hay una gran comunidad dispuesto a ayudarle. En todos los foros a los que me he suscrito en español, son muchos los temas que encuentro sin respuesta; es muy decepcionante ver sendos textos detallados de gente pidiendo ayuda, y ninguna respuesta ofrecida. Yo me pregunto si no es esa misma gente la que termina abandonando GNU/Linux por no tener solución a sus inconvenientes. Reconozco que la contraparte anglosajona es muy servicial en esto de brindar ayuda, pero no todos dominan el inglés, y las comunidades hispanoparlantes son bastante reducidas. Nobleza obliga, muchachos.

Estas son mis principales impresiones del sistema del pingüino. A medida que me interiorice, iré publicando más artículos que, espero, sean de su interés y ayuden a quien recién se acerca a este mundo. Hasta entonces, les deseo un buen día.

Der Steppenwolf

Leer a Herman Hesse es enfrentarse a la eterna dicotomía entre lo espiritual y lo mundano; al menos en mi pequeño acercamiento al corpus de su obra, siempre me topo con la misma señal. Lo verdaderamente asombroso de estos viajes de autodescubrimiento es que los caminos son irrelevantes, pues todos conducen al mismo fin.

El Lobo estepario es un experimento, un proyecto, hasta una ensalada por momentos. La inexistente separación capitularia obliga al lector a no tomarse muy en broma los descansos, y sin embargo… ¿cómo titular el relato de un viaje espiritual? Hesse sorprende y deja la impresión posterior de ser un gran libro de aforismos más que una historia clara y definida.

¿Cuántas personalidades tiene un ser? Partiendo de un escaso par, nuestro lobo estepario va descubriendo miles de yos dentro de sí, incluso personajes contradictorios y enemistados. Es que no podemos ni debemos ser tan simplistas. El ser humano no es un absoluto, antes bien, lo que vemos es la síntesis de un momento sumado a la mascarada de un actor que ha tomado -por alguna razón- el rol protagónico en nuestras vidas. Este es el motivo principal de que sea tan absurdo juzgar el pasado con los ojos del presente; en efecto, es imposible señalar al yo de los recuerdos, ni comprender en su totalidad la situación que envolvía ese momento. Por lo mismo, tampoco debemos levantar dedo acusador alguno contra nadie; mirar al prójimo es mirarnos frente a un espejo, y señalar defectos ajenos es tan injuriante como hacerlo contra nosotros mismos. Debemos aprender a aceptar que somos humanos, y que vivimos en procesos de transformaciones y transfiguraciones permanentemente.

No me atrevería a marcar esta obra como una lectura imprescindible. Como dije antes, se trata más bien de un cuaderno de apuntes que dio origen a libros más trabajados y con la misma idea ampliada; tal es el caso, por ejemplo, del Narciso y Goldmundo. Si deben elegir, no lo duden: opten por este último.

Una reflexión sobre la libertad

A poco de haber terminado de leer el libro «La Peste», de Albert Camus, no dejan de resonar en mis pensamientos cuestiones sólo aludidas en el texto. Y es que Camus no ahorra al lector el trabajo de pensar, salvo contadas excepciones.

Imagen: abismo

La historia es simple: la ciudad argelina de Orán se ve atacada por una peste repentina, lo que obliga a sus autoridades a aislarla del exterior. En esta situación comienza la crónica del relator, que va detallando la respuesta social frente a la enfermedad.

Las preguntas se hacen inevitables, aunque jamás se encuentran explicitadas en la novela: ¿es moralmente aceptable querer huir de la peste? ¿corresponde querer sacar provecho de la situación? ¿tiene sentido morir luchando contra la enfermedad? En todos los casos, el sentido se pierde, y hay una motivación ulterior que mueve a todos los personajes: el ejercicio de la libertad.

Quizás apuntando a la crítica, la descripción se extiende sobre la religión en la historia de un sacerdote cristiano. La peste obliga al dogma más riguroso, de tal modo que aceptar la fe es negar todo tipo de ayuda médica, pues Dios provee la salvación o la muerte, lejos de la intervención humana.

Las oraciones están escritas en forma corta y contundente, pero rara vez afiladas de sentido filosófico. La obra pisa el final con una de sus frases más célebres: En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio, sin embargo, no encuentro que el libro en sí apunte a dejar un mensaje esperanzador, más bien se limita a reflejar una parte de la condición humana.

Algo que no deja de asombrarme de la novela es la cruda y precisa manera en que diluye el sentido de las acciones de sus personajes. Nada se hace con un propósito concreto, antes bien, pareciera que fueron las circunstancias, y solamente estas, las que perfilaron cada accionar. Los hechos más absurdos cobran de pronto el sentido más profundo, simplemente porque ante la inminencia de la muerte, cada cual da lo más auténtico de sí mismo, lo que hace a su felicidad, sin que se den cuenta de ello.

El tema, por supuesto, es eterno, y tan viejo como la humanidad, pero llamativamente muy pocas veces discutido a nivel personal. Es aquí donde la literatura deja sus semillas y donde uno, como lector, debe apropiárselas y plantarlas en su propio jardín. Esto implica más que pasar un rato de ocio, o disfrutar de bellos cuentos: el objetivo debe ser la transformación. Claro que esto, amigos míos, es saco de otro costal, y cuestión que trataré en alguna otra ocasión.

A propósito de Tchaikovsky

Era un deber. ¿Cómo no hacerlo? Escucho a este eslavo con mucha frecuencia, y consideré casi como un crimen artístico no retransmitir -al menos textualmente- lo que nos provoca este coloso a nosotros, los amantes de la música académica.

Ya sé, ya sé. Hablar de un músico del siglo 19 puede no ser lo más entretenido del mundo. Hablando claramente, y prescindiendo del interés histórico que un individuo pueda tener, la música de entonces quedó total y absolutamente desfasada de la que se oye hoy día. Por eso resulta tan raro encontrarse con gente que encuentra algún placer en escuchar un clavencín, un laúd, o bien se deleite con las polifonías del canto gregoriano. ¿Pero en qué reside ese éxtasis que la gran oferta moderna no puede suplir? Bueno, esta pregunta es como pedirle a alguien aclarar por qué disfruta tanto la música que suele oír, algo ciertamente difícil de explicar. Sin embargo, intentaré transmitir esa misma emoción a quienes lleguen estas líneas. Antes que nada es preciso aclarar algo, o más bien limpiarnos de preconceptos. La música “clásica” no es un compendio de arrorós, ni un relajante natural; tampoco todo lo de ella tiene que agradarte. Lo importante es que no categorices algo tan amplio en un solo compositor, y más considerando que la obra en sí no es lo único fundamental, antes bien, por detrás hay orquestas, instrumentos, directores y aún cantantes en el caso de las óperas. Por todo esto, lo mejor es acercarse como -realmente- alguien que no sabe nada del tema, y que está dispuesto a escuchar varias alternativas antes de dar un juicio definitivo.

Ahora sí, ¡comencemos!

 

 

Nuestro camarada Piotr Ilich Tchaikovsky nació en un pueblo de los Urales en 1840. Su vida quedó enmarcada en un periodo algo turbulento de la música; comenzaban a surgir los conservatorios nacionales, y los músicos se volcaban al pueblo para tomar (y usar) melodías populares en sus obras. Es lo que hoy conocemos por el nombre de Romanticismo, bajo una de sus premisas básicas: la búsqueda de la identidad nacional. La música de Tchaikovsky, sin embargo, terminará siendo un compendio de melodías eslavas sujeta a las formas occidentales.

Pero dejemos que el autor hable por sus obras, a la vez que amenizamos la lectura, presentando uno de los conciertos para violín más famosos (y más difíciles) que nos ha dejado el autor: el concierto para violín en re mayor, opus 35.

 

 

¿Cuántas versiones hay de este concierto? ¡Muchísimas! La que he colocado aquí está dirigida por el conductor Christoph Poppen en la orquesta filarmónica de Alemania. Interpreta el violín la joven Janine Jansen. ¿Y esto es importante? ¡Claro que sí! Incluso tiene relevancia el instrumento de la violinista, pues no es lo mismo tocar un Stradivarius que un violín cualquiera, pero estos son detalles que se van adquiriendo a medida que uno oye más y más versiones de una misma obra.

Ahora bien, lo primero que hay que tener al oír la obra (cualquier obra clásica) es mucha paciencia. En un concierto, generalmente, no hay acompañamientos vocales que nos lleguen a desvelar lo que su autor nos quiere decir, por eso es muy importante prestar atención al desarrollo de la obra. Yo aconsejaría, además, no ver los videos ni los movimientos de la orquesta; debe ser un acto de pura introspección. La obra debe ser absorbida para ser apreciada en todos sus matices, y esto implica dejarse llevar, entregarse al autor.

Si fueron pacientes, quizás ya habrán notado algo particular en el concierto. Un comienzo nada grandioso dio paso a la apoteosis de la obra, necesario para crear un ambiente de grandeza y, sobre todo, honor. El honor se respira en cada nota, se desprende como una revelación interior, ¿y cómo no serlo en una época donde la gente se mataba por conservarlo? Pero Tchaikovsky no se refiere a eso, y como diciendo «¡Oigan mejor!» acalla la orquesta, dejando al violín que nos explique mejor.

Es comprensible. Tchaikovsky no era un ser de afrentas, al contrario; era muy sensible, hipocondríaco, misántropo, lloraba casi por cualquier cosa y vivía aquejado de frecuentes jaquecas. Sumado a esto, sus raíces eslavas le dejaron el amor por los juegos de azar y la bebida. Su inseguridad era extrema, quizás debido a su constante temor de que la sociedad no aprobara su condición homosexual. Lamentablemente nos abandonó muy pronto: falleció a los 53 años.

Volviendo al tema, la forma más amena de explorarlo es darle un sentido, que no tiene por qué ser el mismo que el del autor. El concierto de violín bien puede asimilarse con la historia de un héroe, un momento particular de nuestras vidas, o simplemente un misterio que espera de nuestra atención para ser revelado. Está unión estará estrechamente ligada a nuestras emociones, que reaparecerán ni bien volvamos a oír la música.

Para sumar otro contexto a esta exquisitez, les recomiendo una película dirigida por Radu Mihăileanu, El Concierto, cuya trama gira alrededor de la obra; una comedia bastante entretenida, aunque inexacta en algunos aspectos orquestales. Esta tela da para mucho hilo, y para no sobrecargar tanto la página con información y videos, dejaré la nota en este punto, la cual prometo continuar en una segunda parte. Mientras tanto, y como tarea, pueden buscar otras versiones del concierto; no les recomiendo las de youtube ya que la calidad del sonido es deplorable, y las grabaciones antiguas. Por mi parte, les alcanzaré una con Julia Fischer al violín acompañada por la orquesta nacional rusa, para que puedan llevar en sus reproductores portátiles; pero insisto, ¡no se queden con una sola! Los directores de las orquestas son más o menos fieles a las anotaciones de los compositores, y algunos modifican los tempos o los adornos, embelleciendo (o empeorando) el resultado final; el criterio está en cada uno, quédense con la versión que más les guste a ustedes.

Añadiré además un enlace externo a la película que mencioné en el párrafo anterior. Como no depende de mi, no me haré cargo si los enlaces se caen.

¡Buena música a todos!

 

Descargar concierto | Tchaikovsky Violin Concerto

Descargar película | El Concierto

Galileo Galilei

Recientemente, terminé la lectura de Galileo Galilei, de Bertolt Brecht. Se trata de una obra de teatro, no demasiado larga, pero lo bastante profunda como para mantener interesado a cualquiera.

Como no podía ser de otra manera, el libro discurre en torno a la vida de Galileo, con especial énfasis en los momentos más fascinantes de su historia, a saber, su curiosidad insaciable, y la lucha constante que tuvo que sostener contra el clero y la iglesia católica. Esta lucha, que comenzó entre dos sistemas de concebir al universo -el de Ptolomeo y el de Copérnico- acabó siendo apropiada por el pueblo italiano, y en especial su burguesía, representada en la obra por el señor Vanni, dueño de una fundidora de hierro. La historia concluye en la publicación de los Discorsi fuera de Italia, no sin antes dejarnos presenciar la propia autocrítica de Galileo sobre la abjuración de sus propias teorías; Brecht hecha luz sobre un asunto en el que no reflexionamos demasiado en una escena realmente conmovedora.

Se trata de un momento trascendental en la historia de la humanidad, por lo que la ambientación y los diálogos resultan en extremo interesantes. Pero, además, asombra que el germen de esta revolución haya nacido en la astronomía, ciencia tan distante y no tan popular.

Les recomiendo mucho esta lectura, que podréis descargar haciendo clic aquí.

Si son como yo y también gustan de las biografías, me permitiré invitaros a leer la serie El Tamiz sobre la vida y obra de este genial científico. No tiene desperdicio.

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