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Despedida

5 septiembre, 2012

El problema no fue que llegara alguien nuevo a su vida. No, para nada. Siempre estuve para acompañarla, superar sus pérdidas, y rellenar esos huecos que dejaban la vida en soltería. El problema fue cuando, finalmente, encontró a la persona perfecta, y esa persona resultó que no era yo. ¿Qué lugar tendría en una novela sin conflictos?

Es curioso el arte. Abarca todos los conceptos materiales y espirituales de la vida, pero no su longitud, y aquí es donde se esconde el fraude. Supe que mi altruismo me haría más grande, pero al pasar solo dejó vestigios de polvo y arena. El tiempo es el gran banalizador de las acciones humanas.

Apagué la tele. Me quedé mirando el velador y pensando en sus ojos marinos. Ojos griegos. Luz, mar. Ostras. Una vez la abracé y creí fundirme con ella.

Busqué refugio en la religión. Aprendí que sufro porque soy demasiado humano, y que debía meditar para extirpar de mí ese órgano que hace desear a la gente. Pero no quería un celular si no podía llamarla, ni podía amarla sin desearla, así que me fui, excomulgado, porque además me negué amar al prójimo que me la había quitado.

Divago, como peregrino. Busco los sentidos debajo de las rocas, cuando sé que el viento los trae. Me obstino en teorías fantásticas que alegremente cambiaría por uno de sus besos:

– Hola, sí, ¿cuánto cuesta el silbato para fabricar nubes en forma de margaritas?
– Tres ósculos y un abrazo. Están en oferta, flaquita.
– Dame dos.

Entiendo, no entiendo. Entiendo que las cosas pasan por algo. Todo es como una gran máquina de Goldberg, hacés rodar una bolita en un cantero y desplaza otros mecanismos que a su vez mueven otras bolitas y zas, te perdí. Mi bolsita de oportunidades tenía muchos agujeros entonces, y ya no me quedan bolitas. Game over.

Haciendo pompas de jabón aprendí lo que era amar. Esto es, deslizarse. Si soplás demasiado, la burbuja se infla como una mandarina, pero no tarda en deshacerse en miles de gotitas transparentes; si soplás poquito, la pompa no se forma, y seguí participando.

Cruzando el camino me adueñé de las analogías, las nostalgias y los tragos amargos. Señor de las noches y emperador de tus ojos por derecho; fui el primero en entrar, y seré el último en salir. Me importa un rábano el Minotauro, y a estas alturas tu propia opinión me tiene sin cuidado. No estás, y tu ser no es más que una extensión de mis propios pensamientos.

Pero no puedo engañar a nadie diciendo que lo mejor estaba en otro lado. Ni engañarte a ti diciendo que no te amé.

– ¿Vos estás loco? ¡Pusiste todo el polvo debajo de la alfombra!
– Es que el mundo todavía tenía hambre de sueños rotos.

Y así te digo adiós, desamor, pues nunca llegarás a ser más que un poema guardado en un escritorio antiguo. La oda a un ánfora griega. Los muertos que arrastramos. Mi desesperanza.

From → Literatura

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