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Del Conocimiento

12 septiembre, 2012

Cuando Dios creó al mundo, correspondió a Adán nombrar las cosas que le rodeaban; entonces todo, con excepción de un árbol, era catalogado al mismo nivel, indistintamente de su función y forma en la naturaleza.
Muchos siglos después, Aristóteles, agobiado de las uniformidades, comenzó a segregar lo tangible y dotarlo de valores contrapuestos.

Así, estaban lo bueno y lo malo, pero el primero era mejor que el segundo.

Existían los hombres libres, y el resto: apenas un escalón arriba de las bestias.

El mundo era unidad, arché. No hay ciencia sin correspondencias ni causas sin principios. No hay dobles verdades, no hay espejismos, no hay hombres ni dioses; como mucho, solo animales.

Griego embustero y taimado, dicrómico, aburrido, estafador.

La primera vez que te vi conocí el Atlántico, encorsetado, costero, verde turmalina, multicolor. Entonces contuve mi verbo, que es lo mismo decir, enlacé las palabras inconvenientes, y así pudimos construir las mazmorras de arena que pueblan nuestro recuerdo interior.

Mariposas. Temblores. Tropezones. Chicles en la boca. Decir sí por no, cambiar ausencias por presencias. Tiempo.

Te me antojaste húngara con tu cuerpo sinuoso, guitarra española, arpa francesa, cítara griega.

Tum-Tum
Tum-Tum

– ¡Hola!, ¿cómo estás?

Tu-Tum, Tu-Tum
Tu-Tum, Tu-Tum

Cómplices del sueño, alimentamos al monstruo con el dulce objeto del aquí no pasa nada. Cuando fue demasiado grande procuramos ocultarlo en el yermo de neblinas, y ahora que habla gritamos todo el tiempo.

“Grito cultura, y fuegos y espadas. Grito ansias. Te grito los buenos días, y también lo que hace la vecina.”

Me tomaste de la mano y me enseñaste tu casa de cristal -tu casa o tu cárcel-, para agotar toda esperanza en aquellos juegos de calladas sugerencias, vaporosas insinuaciones y promesas inciertas.

Dije adiós, y me fui. Pero ya no importaba, pues apenas tomara mi saco del perchero, sería el sombrero quien quedaría deliberadamente olvidado en algún sitio de la casa. Y así terminaría regresando, con una simpática excusa para volverte a ver.

Por eso opino que Aristóteles estaba en verdad equivocado. Las categorías nos ayudan a tener una concepción ordenada de la realidad, pero, antes que multiplicar posibilidades, las divide, y salve Dios al hombre capaz de crear infiernos grandes en mundos chicos.

From → Literatura

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