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Galileo Galilei

Recientemente, terminé la lectura de Galileo Galilei, de Bertolt Brecht. Se trata de una obra de teatro, no demasiado larga, pero lo bastante profunda como para mantener interesado a cualquiera.

Como no podía ser de otra manera, el libro discurre en torno a la vida de Galileo, con especial énfasis en los momentos más fascinantes de su historia, a saber, su curiosidad insaciable, y la lucha constante que tuvo que sostener contra el clero y la iglesia católica. Esta lucha, que comenzó entre dos sistemas de concebir al universo -el de Ptolomeo y el de Copérnico- acabó siendo apropiada por el pueblo italiano, y en especial su burguesía, representada en la obra por el señor Vanni, dueño de una fundidora de hierro. La historia concluye en la publicación de los Discorsi fuera de Italia, no sin antes dejarnos presenciar la propia autocrítica de Galileo sobre la abjuración de sus propias teorías; Brecht hecha luz sobre un asunto en el que no reflexionamos demasiado en una escena realmente conmovedora.

Se trata de un momento trascendental en la historia de la humanidad, por lo que la ambientación y los diálogos resultan en extremo interesantes. Pero, además, asombra que el germen de esta revolución haya nacido en la astronomía, ciencia tan distante y no tan popular.

Les recomiendo mucho esta lectura, que podréis descargar haciendo clic aquí.

Si son como yo y también gustan de las biografías, me permitiré invitaros a leer la serie El Tamiz sobre la vida y obra de este genial científico. No tiene desperdicio.

¿Presidencialismo o parlamentarismo?

Nuevo informe especial, esta vez de la mano de Aleardo Laría, que nos habla sobre los puntos débiles de los sistemas presidencialistas latinoamericanos, con particular atención en el caso argentino. Que lo disfruten.

La socióloga Maristella Svampa, en su valioso ensayo sobre el nuevo perfil de las clases sociales en la Argentina (La sociedad excluyente) ha acuñado la expresión “carisma de situación” para hacer referencia a una peculiar característica del sistema político argentino. Se trata del reconocimiento carismático que obtiene tradicionalmente la persona que está al frente del Poder Ejecutivo. Y se consigue por el lugar institucional que ocupa, con independencia de los rasgos o atractivos de la persona física que ejerce la primera magistratura.

En el caso de la Argentina, la deformación provocada por el uso de métodos clientelares, al emplearse con enorme desenfado los recursos públicos para premiar o castigar a gobernadores e intendentes, ha servido para reforzar el poder del presidente de la Nación. A tal extremo han llegado las cosas, que el “carisma” de nuestros presidentes aparece ya estrechamente vinculado con el manejo de la “caja”. Cuanto mayor es el monto de los fondos disponibles, mayor resulta el poder carismático del presidente.

Existe, indudablemente, un componente institucional que contribuye al “carisma de situación” del presidente. Está vinculado con el hecho de que el presidente es elegido por el voto popular, en una suerte de plebiscito, que le brinda enorme legitimidad. Además, en el sistema presidencialista latinoamericano, el jefe del Ejecutivo que conduce el gobierno es también el jefe del Estado. Pasa así a ocupar un lugar que simbólicamente representa el conjunto del Estado, es decir a los tres poderes reunidos.

Para el común de los ciudadanos no resulta tan visible la diferencia entre ejercer la jefatura del gobierno y ostentar la jefatura del Estado. En los sistemas parlamentarios europeos, en cambio, la diferencia es bien visible, puesto que los roles se encarnan en diferentes personas: el primer ministro como responsable del gobierno y el presidente de la República -o el rey en las monarquías constitucionales- como jefe del Estado.

En el caso peculiar de Francia, que es un sistema semipresidencialista, el presidente de la República es designado en elecciones populares. Pero en el resto de sistemas parlamentarios europeos se evita otorgarle al presidente una legitimación popular en las urnas para evitar que compita con la que obtiene el primer ministro al ser designado por el Parlamento. El presidente de Alemania, por ejemplo, es designado por una asamblea muy amplia, en la que participan las dos cámaras y los representantes de los landers. Por consiguiente, es indudable que gran parte del “carisma de situación” que emana del presidente en los sistemas presidencialistas como el argentino deviene del hecho que ha sido investido de poder por elecciones populares y que ocupa una posición institucional de enorme valor simbólico.

Ahora bien. La utilización clientelar de los fondos públicos ha dado lugar a una cierta perversión del sistema de poder simbólico tradicional. Cuando las autoridades y cargos políticos -que por pragmatismo se han visto obligadas a transar con un sistema clientelar despótico- perciben que la llave que abre el grifo de los recursos públicos puede cambiar de manos en un futuro cercano, comienzan a revolverse incómodos y se disponen a efectuar nuevas apuestas. Los menos audaces optan por colocar, como inversores previsores, los huevos electorales en diferentes canastas.

La conclusión salta a la vista. Se verifica que el “carisma de situación”, de origen fundamentalmente institucional, se ha visto erosionado en la Argentina por una situación fáctica que si bien en el origen acrecienta el poder del presidente, luego contribuye a debilitarlo muy rápidamente. Si en octubre las urnas brindan un resultado poco favorable para los intereses del gobierno, estaremos ya en un escenario “poskirchnerista” y no habrá “carisma de situación” que permita reconducir la erosión política del oficialismo.

A partir de entonces, la extrema debilidad del gobierno nos instalará en un escenario conocido. Cuando el mandatario pierde la mayoría parlamentaria, su poder se diluye vertiginosamente. Es un rasgo típico del sistema presidencialista: el presidente es muy fuerte cuando domina las cámaras -al extremo que el Parlamento prácticamente desaparece de escena-, pero es muy débil cuando pierde el control de una o ambas cámaras. Todos estos defectos de este tipo de sistema son algunas de las razones que alegan quienes promocionan el cambio a un sistema parlamentario. Un debate que resultará imperioso abrir a partir de octubre en la Argentina si queremos evitar seguir tropezando con la misma piedra.

Vivir en Argentina

Hace una semana salió en el suplemento económico del diario Río Negro un análisis comparativo por demás interesante. El mismo, que transcribiré para compartirlo, trata sobre lo que debe trabajar el argentino promedio para conseguir el mismo producto que su par europeo o norteamericano.

Tengamos memoria de este tipo de información, más aún cuando sea momento de elegir a nuestros dirigentes. No se dejen engañar, la realidad es la única y soberana verdad.

Agradezco al periodista, Alejandro Cubero, autor del artículo, por abrirnos los ojos.

Toda política de Estado concebida al margen del mercado internacional esconde en el fondo una trampa, ya que se trata de un juego de “suma cero”: lo que se gana por un lado, se pierde por otro.

En nuestro caso, resguardar la industria nacional (oferta) se hace a cargo de penalizar al consumidor (demanda). Nos encontramos así con la paradoja de que se protege a nuestras fábricas a costa de hacerle pagar tres veces más al mismo trabajador al que se protege. Una política tan bienintencionada como poco práctica. Por mucho que la presidenta se jacte de que Obama siga las recetas de Perón, algo falla en un país cuando unas zapatillas Nike se llevan la mitad del sueldo de la cajera de un supermercado.

“No queremos precios como en Uruguay”

“Hay un dirigente -dijo hace seis meses el ex presidente Kirchner en referencia a De Angeli- que nos dijo, casi en una actitud de caradurismo, que paguemos el lomo a ochenta pesos como los uruguayos… ¡qué poco le importan los argentinos!”

Basta con revisar los precios web de algunas cadenas de hipermercados del Uruguay para comprobar que el kilo de asado está allá al equivalente a diez pesos. Los ochenta pesos de que se hablaron eran, sencillamente, mentira, pura propaganda.

Se hace difícil creer que el hombre mejor informado del país no conozca ese dato, aunque viendo la pueril estrategia desinformadora del INDEC se percibe como otra maniobra más para ocultar una realidad que desluce cualquier gestión política: llenar el chango en el “granero del mundo” resulta más caro que hacerlo en cualquier país europeo.

Para ser precisos en la comparación, no hay que perder de vista que no todo el mundo en Europa gana lo mismo. Un alemán gana el doble que un español y seis veces más que un polaco. En el caso argentino, calculando un ingreso medio de 1.500 pesos mensuales, nos encontraríamos que ese sueldo corresponde al 11% de la media europea.

Queda en evidencia que el “asistencialismo social” de una economía fuertemente intervenida no sólo no consigue sus objetivos sino, para más “inri”, se ceba con especial dureza en las clases de menores ingresos.

Si el umbral de pobreza se sitúa por debajo de los 1.000 pesos por familia, esa línea roja baja a los 333 euros en España y a 150 en Alemania, pues ese dinero allá rinde lo mismo que los 1.000 pesos de aquí. ¿Ese efecto benéfico del mercado no es acaso más eficiente que el mejor de los planes Jefes de Familia?

Las políticas de control de precios, de defensa de la industria nacional y de sustitución de las importaciones no dejan de ser un experimento de dudosa efectividad.

En aras de fomentar la industria nacional, los artículos de primera necesidad terminan saliendo tres veces más caros. La razón no es otra que la propia dinámica del mercado: al privarle de una competencia nacional e internacional que lo haga más eficiente, el mercado se acomoda siempre al precio más alto. Un caso paradigmático es el del blindaje del que goza la industria farmacéutica. Según una reciente investigación del diario “Clarín”, muchos remedios cuestan aquí hasta siete veces más que en Europa. La única explicación: la falta de competencia.

El demonizado “liberalismo” -más allá de sus excesos fácilmente reconocibles y manejables- pone en evidencia que la competencia tiende a reducir los precios de los productos al mínimo.

Plomeros en un Golf TDi

Haciendo un breve repaso al “top ten” de los autos más vendidos en Argentina y en España, en el 2008, nos damos cuenta de que aunque el mismo vehículo se vende en Europa un 30% más caro, el “esfuerzo financiero” es muy distinto. Así, comprar el auto más vendido en la Argentina en el 2008 (VW Gol, $42.200) implica 2,3 años de trabajo a una media de 1.500 pesos de sueldo. El más vendido en España, el Renault Mégane, sale por el equivalente de 71.910 pesos, pero sólo precisa de 9,5 meses de sueldo. Salvo en el caso del Opel Astra, al que se destinan 1,2 años de trabajo, el resto de los coches se adquiere con menos de uno, en comparación con los dos años y medio necesarios en la Argentina (ver detalle en gráfico adjunto). Es decir: comprar un vehículo aquí implica tres veces más esfuerzo que allá.

La misma proporcionalidad nos lleva a entender cómo autos catalogados aquí como “premium” se convierten en “normales” por la propia diferencia del “esfuerzo financiero”.

Un Audi A4 base, que en la Argentina cuesta 156.000 pesos y requiere 8,6 años de sueldo, se puede adquirir en España por 28.600 euros y 1,5 años de trabajo, el tiempo necesario para comprar aquí un Chevrolet Corsa.

Pasando al segmento de las berlinas de lujo, un BMW al que hay que dedicarle 9 años de sueldo acá, se consigue allá por 1,8, lo mismo que en Argentina un Corsa y menos que un Clio. Por los seis años que hay que trabajar para comprarse un VW Passat, se consigue en España un Porsche 911 Carrera de 116.000 euros.

La canasta digital

Con la electrónica de consumo nos encontramos con el mismo desfase que con la compra de automóviles. Así, un argentino paga proporcionalmente 5,7 veces más por una notebook que un español con ingresos equivalentes de 1.500 euros. En el caso de un televisor de plasma, la proporción es de 7,8 veces más y 5,7 veces para los MP4.

La comparación con otros países del continente americano sigue siendo igual de desfavorable. Según la consultora Marco, mientras el salario medio argentino es de 387 dólares, el brasileño asciende a 713 y el chileno a 752, un poco menos del doble. Así, la “canasta digital” compuesta por un televisor LCD de 32 pulgadas, una cámara digital, video reproductor DVD, celular, mp4, notebook y consola de juegos con acceso a internet, requiere en la Argentina 12,44 salarios medios, un año, frente a los 7,5 sueldos de Brasil y los 5,1 de Chile. En otras palabras, el chileno medio necesita trabajar la mitad del tiempo para estar a la última en ocio electrónico.

Volare

Las comparaciones de precios arrojan cifras que, a primera vista, causan perplejidad, pero que conviene no perder de vista si queremos tener una visión más amplia de las ventajas y desventajas de cada uno de los modelos: el estatismo dirigista y el liberalismo controlado. Las políticas de “cielos abiertos” han hecho que volar en Europa haya dejado de ser un lujo para convertirse en el medio de transporte más rápido, económico y estadísticamente más seguro.

Un pasaje de avión de Neuquén a Buenos Aires (1.156 kilómetros) en LAN Chile cuesta 439 pesos y 391 por Aerolíneas. Una distancia similar, Londres-Madrid, 1.260 km, se puede adquirir volando con Easyjet -una de las dieciséis empresas que hacen el trayecto- por 17, 33 ó 40 euros, proporcionalmente menos de la décima parte de lo que vale -en salarios- un pasaje a Buenos Aires en Vía Bariloche.

El propio mercado es en muchos casos el mejor defensor de los intereses del consumidor.

Basta un solo dato, con sabor a paradoja, para ver cómo si un trayecto se sustrae a la libre competencia, el precio del mismo se dispara: veinte kilómetros en metro ligero desde el aeropuerto de Heathrow hasta Londres cuesta 38 euros, el doble que la tarifa más barata Madrid a Londres en avión.

Como se ve, la desregulación hace que los precios bajen, pues de no ser así el mismo mercado la hace desaparecer por ineficiente.

Nadie duda de que el liberalismo salvaje, si no se lo controla, termina devorando al consumidor. Pero los amantes de los precios por decreto y los subsidios aún tienen que demostrar que una economía fuertemente intervenida es capaz de ofrecer precios competitivos para el ciudadano de a pie. La razón por la que la URSS fue capaz de poner un cosmonauta en órbita pero jamás pudo fabricar un lavarropas decente fue el hecho de que el programa espacial era una prioridad nacional, mientras que los problemas domésticos del ama de casa no tenían esa consideración.

En los círculos académicos se dio por sentado que cincuenta años de economía planificada fue un tiempo más que prudencial para demostrar que ese modelo centralista era virtualmente incapaz de solucionar las necesidades básicas de su población. El experimento socialista, le pese a quien le pese, no funcionó.

Independientemente de que uno sea de izquierdas o de derechas, la realidad es tozuda y sigue demostrando que la mejor ideología sigue siendo la que cabe en el bolsillo más pequeño.

Alejandro Cubero, artículo especial para el diario Rio Negro.

Domingo 15 de febrero de 2009